La frontera entre la religiosidad “sana” y la religiosidad “enfermiza”

La religión… un concepto sumamente poderoso, y sin embargo, compuesto principalmente de ideas que no pueden ser probadas, medidas o cuantificadas y solo se basan en una sola fuente: la necesidad de creer en algo; en que vivimos en un mundo con un propósito, intervención sobrenatural y paranormal y que somos seres eternos; el temor a la muerte y el elemento de no aceptar que la vida y el universo que conocemos posiblemente son, y nada más, lleva a la inmensa mayoría de las personas a rechazar esta posible (y tal vez única y real) posibilidad y abrazar ideas de una vida eterna, de un nirvana o de un alma inmortal. Es algo tan antiguo como la humanidad misma, y pensar o esperar que un día deje de existir para dar paso al enfoque de lo que es medible y observable es ilusorio. Las religiones han cambiado con el pasar de los siglos, de acuerdo a las culturas que han ido fusionándose y por ende adoptando nuevas ideas que forman modificaciones de religiones antiguas, combinaciones que dan una nueva forma de religión o incluso cambios sustanciales que las convierten prácticamente en religiones nuevas, al final no deja de ser solo un simple “pensamiento deseoso” (wishful thinking).

Pero en este artículo no me quiero enfocar en esto esencialmente, ya he escrito varios artículos de esta índole; lo que si quiero es discutir es hasta qué grado se puede tolerar una mentalidad religiosa, especialmente cuando comienza a afectar la salud mental y la capacidad de razonamiento. Como todo, existe algo que se llama fanatismo religioso. He hablado de fundamentalismo anteriormente y se puede decir que ambos están fuertemente relacionados, pero es tiempo de ver todos los peligros que se presentan cuando alguien lleva su religiosidad tan a pecho que la convierte en un “hijo” al cual defenderá de todo, incluso de la ciencia y de los descubrimientos a nivel psicológico y neurológico.

Hoy mire una noticia que no es nada nueva, pero me lleva a pensar en donde tienen la cabeza algunas personas que creen fervorosamente en su religión. Resulta que la muchacha que fue brutalmente golpeada por su esposo, un futbolista conocido de la NFL (Ray Rice) ahora dice que Dios tiene un propósito con ella y su esposo. Esto no es nada inusual en parejas cristianas – cuando surgen momentos de crisis, se perdonan sin que realmente haya muestras de arrepentimiento por parte del agresor; simplemente siguen una orden de su religión, hipócrita y falsamente. Otros ejemplos son un pastor en Arizona hablando de cómo está bien odiar al presidente Obama, y otro del mismo estado que hay que ejecutar a los homosexuales. Ya sabemos la historia de las Cruzadas, la Inquisición y más recientemente el Estado Islámico. Definitivamente cuando la religión se lleva al nivel extremo de vivirlo al pie de la letra y especialmente junto con una agenda personal o de grupo, no cabe duda que se trata de una enfermedad mental y hay que atenderlo como lo que es: un peligro. Esto en realidad es culpa de la persona religiosa y no de la propia religión; hay miles de personas que son moderadas aunque tienen su creencia, y jamás serían o harían algo desagradable e inhumano con tal de “ser fieles” a algo que son por causa de la indoctrinación.

Algunas personas ateas están seguras que hay que atacar no solo el fundamentalismo y el fanatismo sino las religiones per sé, y aunque yo al igual que ellos estoy de acuerdo que todas las religiones son inventos desde la antigüedad, usados preliminarmente para explicar el mundo y ahora más que nada para controlar masas grandes de gente pues la ciencia ha logrado explicar mucho más y de forma contradictoria a las religiones nuestra realidad, desacreditándolas más y más, realmente creo que el ser humano no está preparado par un mundo que se vea de una forma ateísta o por lo menos, agnóstica. De forma moderada es pasable que practiquen su religión de preferencia; pero una vez se traspasa los límites del respeto, de los derechos humanos, de la sanidad mental y que se toleren relaciones tóxicas y se tenga una vida de infelicidad y mentira, ya no estamos hablando de algo que debe respetarse y se debe ver como lo que es: insanidad mental y enfermedad. El fundamentalismo religioso es enfermedad, al a par con otras como la esquizofrenia. Ya hay muchos estudios que consistentemente demuestran que las experiencias espirituales no son en realidad experiencias sobrenaturales sino producto de alteraciones neurológicas, y como mencioné anteriormente no hay evidencia contundente ni siquiera de una deidad genérica, mucho menos de dioses específicos. Las religiones que conocemos hoy en día son sistemas que han sido alterados por sus cuerpos institucionales para beneficio de la alta jerarquía, por lo cual lo práctico sería, si se siguen, hacerlo con moderación y cuidado, sin afectar las creencias de otras personas y para nada imponerlas y entrometerlas en el estado. La religiosidad extrema, en forma de fundamentalismo y fanatismo, debe ser, con la mayor prontitud posiblemente, considerado por la medicina y la psicología como lo que es de verdad: un padecimiento mental que incluso puede ameritar un aislamiento obligatorio del resto de la sociedad al fanático religioso.

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