Amargura y psicopatía: Dentro de la mente de una persona traumada o con problemas emocionales agudos

¿Qué es la amargura? Si vamos al diccionario, se define como sentimiento de pena, tristeza o aflicción (WordReference). La amargura es el estado constante de estar lamentado por un evento o una serie de eventos negativos y que tiene repercusiones a largo plazo, a la hora de entablar amistades, parejas, o relaciones de trabajo. Comúnmente se quiere responsabilizar de la amargura a la persona que lo sufre, por no ser fuerte, valiente o capaz de superarlo; pero lo que no vemos en nuestro egoísmo es que a veces las raíces van más allá de su capacidad.

Conozco una persona que tuvo un novio, antes de tenerlo y mientras estuvo con él, era una muchacha alegre y muy simpática; después que su novio le falló malamente, cambió… Para siempre. Hasta el sol de hoy, ya bastante mayor, aunque “rehizo” su vida, NUNCA volvió a ser la misma. Igualmente vemos estos parámetros cuando sucede un divorcio de unos padres; niños y jóvenes que son magnetos de alegría se convierten en seres consumidos por la tristeza y el pesimismo. Lo que me choca es que quien no pasa por esta experiencia juzga y no hace el esfuerzo de imaginarse estar en el lugar de las personas que se transforman de manera negativa a causa de un evento traumatizante: el divorcio, un abuso físico o sexual (violación), la muerte de un ser querido, la infidelidad, etc.

La ciencia de la psicología ha demostrado que las emociones dependen directamente de químicos en el cerebro- millones de neuronas que se arreglan de diferentes maneras para producir estados de ánimo, sentimientos etc., pero lo que no sabe aún es qué hace que eventos especiales cambien los niveles de químicos como la dopamina, la oxitocina, la testosterona, el estrógeno, la cantidad de materia gris y otros; el cerebro humano puede, digamos, desorganizarse tal que el efecto de un nuevo arreglo que se refleja en la amargura, el pesimismo y la negatividad constante no puede ser simplemente cambiado así porque sí a su estado normal.

Creo que la psicología actual es muy sistematizada y no ataca la raíz de lo que causa la distorción en el cerebro que puede, si no se trata a tiempo y efectivamente, llevar a situaciones terribles. Vamos a usar el ejemplo de los asesinos autores de la masacre recientemente en Guaynabo. Yendo a la escena catastrófica en el auto mientras se llevaban a los jóvenes: mientras el menor suplicaba por la vida de su hermano, estos asesinos sin ninguna pena lo ejecutaron en frente de sus ojos. Es claro que el cerebro de estos asesinos estaba en total “fundimiento”: eran unos absolutos psicópatas. Como saben, la psicopatía consiste en la ausencia total de consideración y empatía hacia los demás; la total ausencia de conciencia. Este muchachito, el que logró sobrevivir por suerte, estaba suplicándole a dos paredes que iban directo a caer encima del hermano y no pudo hacer nada para salvarlo, porque estas paredes no pueden responder a la súplica a una persona. Pero por lo general, alguien no es psicópata de nacimiento. Un psicópata por lo regular es alguien que previamente estaba en un estado de amargura, que lo consume hasta eliminar todo grado de conciencia. No siempre la amargura absoluta se traduce en psicopatía; también se traduce en depresión y problemas de salud que no necesariamente se limitan a lo mental.

Y como dije, la amargura tiene raíces muy complejas, y cuando la sociedad se vuelve cruel con el amargado o amargada, en lugar de incentivarle a superar el problema, lo aumenta, creando una perspectiva psicopática en el amargado. La inmensa mayoría de los criminales y violadores que existen son personas cuyos cerebros fueron trastornados por otras personas en su pasado y que se terminaron de dañar, sin remedio, por la crueldad de amistades y personales alrededor que no comprendieron su sufrimiento antes de sucumbir a volverse psicópatas. Por lo que tratar este problema es básicamente el mismo elemento utópico de acabar o minimizar el egoísmo; dialogar sin tomar actitudes reclamatorias y prejuiciosas; acabar con el discrimen, evitar el fundamentalismo y el imponer criterios absurdos, y si la amargura es puramente un problema neurológico y no hay un “incidente” que lo provoque, buscarle ayuda profesionales de urgencia y que funcione. Los verdaderos amigos y la familia que quiere a la persona que es víctima que una experiencia que pueda exponerlo a los efectos de la amargura deben hablar de forma seria pero comprensiva y evitar lenguaje reclamatorio; y no esperar que asuman una actitud que no va con su personalidad; las personas melancólicas y con baja auto estima (al igual que los demas humanos) no son deidades que pueden sacar fuerzas de la nada. Pienso en lo personal que (uff, otra vez…) el fundamentalismo y fanatismo religioso contribuye caóticamente en el “aumento en los niveles” de amargura de una persona.

Si bien la neurociencia puede trabajar con el asunto del arreglo de las neuronas y ofrecer quizá en el futuro un tratamiento correctivo donde las neuronas de una persona amargada puedan ser reestablecidas en un orden que vuelva a hacer a esa persona una más productiva y feliz, la verdad es que siempre será necesario el hablar, dialogar y expresarse ante personas que no reclamen o juzguen a quien sufre de amargura. La sociedad entera es culpable del aumento en personas amargadas y psicópatas en el mundo.

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