Puerto Rico: tierra de tesoros

Los que vivimos en Puerto Rico estamos asediados de demasiada negatividad, tanto por parte de los medios como de las conversaciones en el diario vivir de la gente. Es mi percepción personal que el gobierno de los Estados Unidos ha demostrado un menosprecio no visto anteriormente en tiempos modernos: le dicen a los estadounidenses que no visiten la isla por temor del virus del zika, que provocó que recientemente un juego del Béisbol de las Grandes Ligas cancelara unos juegos pautados para finales de mayo del 2016 aún después que el municipio de San Juan invirtiera dinero en mejoras y en preparación para el evento; no brindan ayuda económica ante la crisis económica sin precedentes pero sí tratan de recomendar un junta de control fiscal que más que nada lo que busca es cómo se le pagará la deuda a los bonistas y acreedores incluso a cuenta de tierras protegidas. Con todo este maltrato, la inmensa mayoría de los puertorriqueños sigue teniéndole pánico a la independencia.

No cabe duda que la negatividad que abunda en el ambiente ha contribuido para que la “ceguera” del puertorriqueño continúe aún cuando la situación se complica aún más a nivel económico y social. La isla cuenta con un potencial agrícola y turístico incalculable, pero sigue habiendo una cantidad grandísima de personas que han abrazado el pesimismo e insisten que Puerto Rico está perdido sin Estados Unidos. Es algo que en lo personal me causa desilusión, repugnancia y asco, porque me doy cuenta que mi pueblo carece de autoestima y dignidad. 

El motivo de este artículo es principalmente desahogarme compartiendo la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que estemos consumidos por la falta de ideas, de querer siempre buscarle un pero a cada solución propuesta para los problemas de la isla? A veces se mencionan, en medio de esas soluciones, ejemplos tomados de países independientes como Islandia, Irlanda y Singapur, pero el argumento negativo persiste: “ellos son diferentes a nosotros: al boricua le gusta el mantengo”. En otras palabras, otros pueden, pero nosotros no. Siempre necesitaremos de los Estados Unidos, al parecer.

La localización de Puerto Rico es privilegiada: es la última de las Antillas hacia Europa con la suficiente área como para ofrecer un turismo y una agricultura diversificados. En estos momentos cuenta con la mejor infraestructura en transportación tanto aérea como terrestre de todo el Caribe. Cuenta con las mejores universidades- públicas y privadas- de la región. Y también cuenta con diferentes tipos de suelos para la agricultura. La medicina es de las más avanzadas de la zona y hay varias industrias establecidas en campos como la biotecnología, la informática, la farmacia y la manufactura. Su potencial de turismo es gigantesco- espacio tiene para diferentes facilidades que incluso armonicen con el medio ambiente. Por lo tanto, quien comenta que la isla no puede funcionar por sí misma o no conoce mucho la isla (por lo que es recomendable que haga turismo interno) o está consumido por la negatividad que predican muchos, incluyendo los medios.

Yo no niego que la situación sea muy difícil, pero quedarse pensando en eso, esperando siempre por lo más trágico y lo más terrible y viendo a Estados Unidos como la salvación a nuestros problemas, ya sea que media población se mude para dicho país como que haya un rescate en todas las facetas, no es la respuesta. Sobre la situación económica miremos el siguiente detalle: Estados Unidos nunca fiscalizó lo fondos que les otorgó a la isla. Los gobiernos del Partido Popular Democrático (PPD) y el Partido Nuevo Progresista (PNP) han malversado parte o gran parte de dichos fondos desde el 1973, y estamos en el 2016; han pasado más de cuarenta años, y Estados Unidos nunca atendió el asunto que se veía cuajar, aún desde el 2013 cuando el crédito de la isla pasó al nivel chatarra. Sin embargo, el pueblo está tan indoctrinado con la idea de que Estados Unidos es el paraíso que nada de lo que ha pasado, ellos tienen alguna responsabilidad, ni siquiera indirecta, según ellos.

La gente ha perdido la fe en la isla y en cierto punto, no los culpo. Especialmente las generaciones de ahora que fueron indoctrinadas con ideas ficticias sobre Estados Unidos y su fraudulento sueño americano. Muchas personas han sido víctimas del abuso del sistema. A nivel de educación el sistema ha fallado, no que el sistema no sirva pues muchos de los que se han graduado de escuelas y universidades del sistema público han llegado lejos, pero sí en cuanto a la corrupción. Nuestra ciudadanía americana permite la cómoda mudanza (no es correcto usar el término emigración pues no pasamos por el complicado y costoso proceso de visado) a los cincuenta estados de la unión, y se entiende que aquellos que necesiten encontrar la manera de ganarse la vida miren a Estados Unidos como una alternativa razonable. Lo que sí es lastimoso es la actitud que asumen algunos cuando se mudan: una arrogancia y un sentido de individualismo que es deplorable. 

Algo que me parece muy curioso es que a pesar de que se habla de las “grandes oportunidades que ofrece la nación”, la mayoría de los puertorriqueños se ubican en áreas específicas y tenemos varias zonas que superan el medio millón de éstos: Tampa-Orlando, Nueva York, Hartford, Chicago y Philadelphia. Otras zonas como Houston, Dallas y Boston tienen cantidades significativas. También Los Ángeles, Washington DC, Atlanta, Miami y Austin; fuera de todas estas ciudades mencionadas, la población de puertorriqueños es mínima o nula. Estados como Idaho, Wyoming, Nebraska, Nuevo México, Oklahoma y muchos más apenas tienen puertorriqueños. Si toda la nación fuera “una tierra de oportunidades”, se ubicarían a lo largo y ancho de todo el país y no en zonas donde incluso los trabajos están saturados. Hace poco salió un reportaje donde se habló de puertorriqueños en el área de Orlando que estaban viviendo en refugios, en sus autos o incluso en la calle, y me consta que en Florida es algo común ver familias viviendo en la calle. Es posible que muchas de estas personas se dejaran llevar por la corriente que denomino pitiyankista, muy común en los medios locales y gente en general, que alarman y asustan y hacen ver como la isla en un estado comatoso destinado a morir. Se tiran a aventurar y muchos van a vivir con amigos, hermanos, tíos, primos y familiares que terminan sintiéndose incómodos por su presencia por diversas razones. 

Sin duda los impuestos, la situación de la deuda, y el desempleo son preocupaciones legítimas. Pero las soluciones ofrecidas muestran a los puertorriqueños totalmente divididos: “cada quién jala para su lado”. En lugar de unirnos masivamente y exigir explicaciones y respeto, la actitud que prevalece es “estoy loco por irme”. Y con las idas de 200 en 200 al día hacia los Estados Unidos, las familias y amistades están destinadas a romperse y crece la probabilidad del fin de la raza puertorriqueña, diluida en medio de otras que a fin de cuentas, muchas no nos aceptan.

Ningún país que declaró su independencia empezó bien: cuando Estados Unidos se independizó de Inglaterra, perdió todos los beneficios que tenían como territorio inglés y los americanos tendrían que empezar desde cero. Para ese tiempo no existía la globalización industrial ni económica; la comunicación era a base de telegramas que tardaban meses en llegar a sus destinos y los viajes a tierra tomaban horas cada 10 kilómetros, por ejemplo. Pero ellos pidieron la independencia porque estaban incómodos por el trato que estaban obteniendo como territorio. En el presente, Puerto Rico debería sentir el mismo nivel de indignación y molestia ante el desinterés y maltrato recibido por los Estados Unidos, lamentablemente persiste una mentalidad de complejo de inferioridad que es repugnante

Cuando ves los comentarios en los foros en Facebook, por ejemplo, sobre el tema del éxodo de puertorriqueños es impactante ver el contenido materialista y codicioso al dinero de la inmensa mayoría: “Ahora me gano tres veces más de lo que ganaba en Puerto Rico”. Ciertamente es bueno cuando aumentan los ahorros pero ¿qué se negocia a cambio de eso? Este frenesí por Estados Unidos es tanto que muchos que poseen buenos empleos en la isla (los afortunados) y viven bien, por amor al dinero y a tener más se van; muchos con hijos que están en edad escolar, los obligan a dejar sus amistades y alejarse de familiares, sin ninguna necesidad, solo porque sus padres aman más al dinero que al bienestar emocional de sus hijos (OJO: no estoy hablando de los que tienen que irse por necesidad). Mientras, el gobierno del país amado únicamente por Puerto Rico, Israel y el Reino Unido, pone a la isla al nivel del betún recomendando a sus habitantes no visitarla por un temor paranoico al zika. No olvidemos que el pueblo americano suele ser extremadamente paranoico.

¿Qué tiene Florida aparte de los parques de Orlando? El estado no tiene una sola montaña desde Pensacola hacia los cayos- ni una sola. Apenas tiene cuevas, y no cuenta con un rain tropical forest; básicamente su distintivo natural es un pantano lleno de serpientes, cocodrilos y mosquitos. Ni siquiera sus playas comparan con las de la isla; todas son iguales, no hay acantilados ni rocas donde el agua golpee. El estado ha tenido que inventárselas para crear un turismo, y al sol de hoy, ese estado pantanoso sin vistas espectaculares cuenta con el mayor turismo del Nuevo Mundo. Y no es por el precio: los parques ubicados en Orlando son extremadamente caros. ¿Cómo es que Puerto Rico con tanto más que ofrece naturalmente no ofrece un turismo que compita con el del pantano? Simple: porque el puertorriqueño subestima enormemente el potencial de la isla, al punto que esa actitud es la que se refleja al mundo exterior. 

Basta con cambiar esa imagen paseando, haciendo turismo interno, y descubres que hay mucho que la isla puede ofrecer. En otras partes del mundo- incluyendo Estados Unidos, tienes que manejar tu auto por más de medio día para ver montañas o una playa. En la isla tienes vistas espectaculares del mar desde lo alto del Monte del Estado, desde el Yunque o incluso directamente desde las montañas de Yabucoa y Rincón. Puedes realizar muchas actividades a corta distancia de tu casa. También contamos con una gastronomía superior y un clima benigno; todo el año se puede disfrutar al aire libre.

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